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Libros sobre hombres y masculinidad

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Roy F. Baumeister, Is There Anything Good about Men? How Cultures Flourish by Exploiting Men [¿Hay algo bueno en los hombres? Cómo prosperan las culturas mediante la explotación del hombre], New York: Oxford University Press, 2010.

Un libro excepcional, repleto de información asimilable basada en investigaciones sobre el comportamiento del hombre, y su tratamiento por parte de la sociedad. Baumeister habla mucho sobre los machos alfa, hombres que, en su opinión, tienen más relaciones sexuales y aportan más al acervo génico que los hombres corrientes. Sobre este y otros temas, Baumeister habla en términos históricos. Sostiene que en épocas prehistóricas, los hombres y las mujeres tenían propósitos diferentes: los hombres creaban y hacían avanzar los sistemas, mientras las mujeres construían lazos personales que creaban unidades familiares.

Él lo considera en términos de intercambios y compensaciones. Los hombres tenían su utilidad, y las mujeres la suya; ninguno podría haber sobrevivido sin la ayuda del otro. Pero la agresividad y la toma de riesgos del hombre fue lo que construyó las culturas. Las mujeres no construían culturas, ni siquiera culturas amazónicas. Aquello para lo que los hombres estaban diseñados (luchar, organizar grupos, construir…) era lo que hacía falta para la creación de culturas e instituciones estables.

Las mujeres habitaban en estas culturas e instituciones, y terminaron por ver que su lugar en ellas era insuficiente. Tal y como dice Baumeister, de forma memorable, no fue hasta más tarde cuando «las mujeres dieron un paso al frente y exigieron su lugar en un mesa que no habían ayudado a construir».

No todos los hombres querían hacerle sitio a la mujer, pero claramente la mayoría de los hombres, incluidos los alfas, sí que querían. Baumeister indica que las mujeres no se dieron el voto a sí mismas, y que sus esfuerzos sistemáticos y organizadores más fuertes sólo se produjeron a la hora de enfrentarse a los hombres.

Baumeister señala también que, si bien las personas de más éxito suelen ser hombres, también suelen serlo las de menos éxito. Es lo que él denomina «patrón masculino extremo»; hay más hombres en la cima y en el fondo; en ambos extremos. Sólo nos hablan de los hombres que están en la cima, pero nadie dice nada sobre el «sótano de cristal».

Al final de su libro, Baumeister hace énfasis en que ahora, más que nunca, los hombres necesitan «el yo agente [la agencia: hacer cosas] y el ego masculino», porque todos los sistemas están diseñados para favorecer a las mujeres sobre los hombres (180). «Los jóvenes del futuro lo van a tener difícil», nos advierte. Yo diría que los jóvenes del presente ya lo tienen difícil.

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Jack Donovan, Androphilia, 3rd ed. (Milwaukie, OR: Dissonant Hum, 2012). 248 pp. $13.

Un libro indicado no sólo para los gays, sino para cualquiera que tenga un conocido gay. Donovan señala que «gay» no es lo mismo que el deseo homoerótico (50). El deseo homoerótico es algo que tienen muchos hombres, no sólo los que intentan comportarse como las mujeres (llamándose unos a otros con nombre de mujer, utilizando pronombres femeninos con los hombres, identificándose con drag queens, Judy Garland, etc.). Sostiene que los colectivos afeminados han terminado por representar a todos los gays. A las feministas les interesa que eso suceda: ver el mundo lleno de hombres débiles, pasivos, intimidados y temerosos (73-4).

Donovan no cree en el voto, pero señala la existencia de lo que llama «Partido gay», que apoya a cualquier candidato del partido demócrata, sin importar lo homófobo que sea (69, 71-2), con una obediencia ciega. Afirma que el Partido gay no menciona nunca la homofobia de los negros ni de los musulmanes. Muchos gays también presentan el síndrome de Peter Pan (Donovan, 114, toma esta idea de Gilmore): chicos delicados que no crecen nunca.

En opinión de Donovan, lo que pasa es lo siguiente: aceptar que se es «gay» implica aceptar que se es intrínsecamente femenino o afeminado. Si no lo aceptas, entonces eres homófobo. Por lo tanto, como homosexual, un hombre masculino (uno que no pase el rato en bares ni discotecas, ni les cuente a las chicas sus problemas con su novio) se odia a sí mismo y es un homófobo. Esta es una de las mejores herramientas de la izquierda contra los disidentes de su dogma: si no estás de acuerdo conmigo («Puede que sea hetero, pero lo sé todo sobre la homosexualidad»), es porque te pasa algo. Yo diría que no todos los gays que se dejan amedrentar por los demócratas y las mujeres son Peter Pans, pero es como si lo fueran.

[Volver arriba] Jack Donovan, The Way of Men (Milwaukie, OR: Dissonant Hum, 2012). 170 pp. $13.

El argumento de Donovan es que la masculinidad está reservada a los hombres, y debe buscarse con el cuerpo y con el alma, con el músculo y con el cerebro. Un hombre cuya vida gire alrededor de las mujeres no puede alcanzar la masculinidad. El libro es una serie de ensayos cortos, más o menos relacionados. Todos son concisos y agudos, y a menudo contienen comentarios interesantes. Donovan habla mucho sobre la valentía, a la que llama «virtud cinética», porque inicia el movimiento (31). Escribe sobre el thumos, la palabra griega para «pasión», la sede de la furia o de la ira (35), y defiende la violencia como clave del liderazgo. Admira a los hombres que asumen el mando y reivindican sus intereses sobre los del grupo o sobre los de los otros miembros del grupo.

Para mí, el capítulo más importante es el que se titula A check to civilization [«Revisión de la civilización»] (93 y siguientes). En este capítulo, Donovan desarrolla sus ideas sobre los equivalentes sociales de la agresión de bandas; opina que los hombres son más felices en bandas y tribus compuestas por individuos que piensan de forma similar. Existen 3 formas de masculinidad equivalentes, a las que llama «simulada», «indirecta» e «intelectualizada».

La masculinidad simulada incluye el servicio militar, el trabajo policial, los equipos deportivos, los juegos cooperativos, los deportes individuales (como el boxeo) y las competiciones a nivel personal.

La masculinidad indirecta consiste en observar a otros hombres haciendo esas actividades, estudiar la historia de los hombres del pasado y leer sobre hombres heroicos y que tuvieron virtudes varoniles.

La masculinidad intelectualizada presenta varias formas. Está la agresión económica (competición por el dinero); la agresión política e ideológica: equipos políticos que compiten en batallas de ingenio y estrategia; la masculinidad metafórica, que se centra en el autocontrol y el dominio de uno mismo, la disciplina y la perseverancia; y la masculinidad ascética, que consiste en el sacrificio, el rechazo del acto sexual y de los deseos naturales del hombre por la violencia, el alimento, el sexo y las cosas mundanas.

De estas tres, la más importante es la primera. Como señala Donovan, las mujeres son tan hábiles como los hombres en las demás formas, incluidas la masculinidad intelectualizada y la masculinidad indirecta. Gran parte de lo que se escribe en otras páginas y fuentes sobre masculinidad se refiere a la masculinidad indirecta o intelectualizada. Donovan afirma que si quieres ser un hombre, tienes que encontrar una forma de expresarte por medio de la violencia. En mi caso, resultó ser el boxeo. Según él, «el rechazo de la masculinidad violenta supone el asesinato de la identidad masculina» (106). Si el mundo rechaza el camino del hombre, los hombres no pueden encontrar satisfacción emocional, y «se convertirán en esclavos de los intereses de mujeres, burócratas y ricos» (107). ¿No os lo creéis? ¡Mirad a vuestro alrededor!

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Mark. S. Micale, Hysterical Men: The Hidden History of Male Nervous Illness («Los hombres histéricos: la historia oculta de las enfermedades nerviosas masculinas»). Cambridge: Harvard UP 2008.

Este libro es muy instructivo, y nada aburrido. Trata sobre el desarrollo de la racionalidad masculina, y el éxito de esa racionalidad a la hora de reprimir los síntomas de debilidad en el hombre, concretamente uno de ellos: la histeria masculina. Las fuentes son sobre todo de origen francés, de los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, Micale también examina bien el trabajo de Freud. Es un excelente análisis sobre el hombre y las emociones en el contexto histórico.

Micale explica que antes de 1800, lo que se considera susceptibilidad nerviosa no se asociaba con la homosexualidad ni con el comportamiento afeminado (37). La virilidad se consideraba algo moral, no físico. Es decir: la virtud es viril, la sabiduría es viril, etc. Pero alrededor de 1800, esos mismos síntomas se veían como algo femenino. Micale se une a la opinión contrastada de que el proyecto de liberación de la mujer desencadenó una reacción política (50-51). A partir de ese momento, la separación de las esferas (el hombre fuerte y público; la mujer débil y doméstica) se enfatizó con el fin de preservar la esfera masculina. Esta reacción produjo que disminuyese el «espectro de emociones» de los hombres.

Micale piensa que los médicos lideraron esta reacción. La medicina profesionalizó la imagen sobria y autoritaria del hombre barbudo y sombrío, una imagen que la mujer no pudiera compartir. La experiencia profesional de esos hombres se utilizó para excluir a la mujer de la medicina (100-1). Ni qué decir tiene que esos hombres no podían aceptar las emociones del resto, porque las emociones no eran algo racional ni controlado. Las emociones pertenecían a la mujer, y en consecuencia la mujer pudo tener vida interior, y el hombre no.

Este libro nos muestra que los estereotipos de género, que el feminismo nos vende como atemporales, en realidad son producto de la historia. Lo que es más: Micale nos recuerda que los médicos patriarcales de los siglos XVIII y XIX oprimían a los hombres además de a las mujeres. Cuando la primera guerra mundial provocó que la histeria masculina (shell-shock, el moderno síndrome de estrés postraumático) recibiera la atención de la medicina, los médicos la trataban al principio como una debilidad moral, y querían que a esos «debiluchos», los hombres que sufrían por el combate, los fusilaran por cobardes. Los médicos pretendían mantener separadas las esferas de los sexos (193) Para ello, se vieron obligados a rechazar su propio trabajo (las investigaciones sobre la histeria masculina) e ignorar sus propios datos.

Aquí hay un tema importante que se aplica a los hombres que escriben hoy en día sobre masculinidad: el tema de la introspección. Es decir, hay ciertas personas que consideran que un hombre no puede escribir acerca de sí mismo sin poner en riesgo su propia masculinidad. ¿La voluntad de mirar en tu interior se percibe como algo débil? Las feministas reclaman la introspección para ellas solas: un hombre únicamente puede ejercerla si con ello se vuelve mejor feminista. Echad una ojeada a The Good Men Project, una página dedicada a asegurarse de que los padres siempre trabajen por el bien de los demás, y que satisfagan especialmente los deseos de las mujeres.

Al final del libro, Micale también presenta buenas ideas sobre el tema de los hombres que rechazan mirarse a sí mismos: eso es lo que hacen los hombres racionales. Para Micale, no se trata tanto de la razón como ideal como más bien de no observar tu lado emocional.

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Helen Smith, Men on Strike: Why Men are Boycotting Marriage [«Los hombres en huelga: por qué los hombres están boicoteando el matrimonio»]. New York: Encounter Books, 2013.

A muchos lectores les cuesta creerse las historias de terror que conforman este libro, una lectura bien escrita, absolutamente práctica y esencial para aquellos hombres a los que les interese la masculinidad. De hecho, es una lectura esencial para cualquier hombre al que le interesen las mujeres y el matrimonio. Olvidaos de la masculinidad: pensad únicamente en vuestro bienestar económico y social. Cuando más cerca estéis del matrimonio, más cuidado debéis tener.

La mayoría de nosotros no tenemos ni idea de hasta qué punto los tribunales explotan a los hombres, no sólo a los padres. La mayoría creemos que los hombres tienen la misma libertad reproductiva que las mujeres, pero no es cierto: muchos médicos no te hacen la vasectomía sin permiso de tu mujer. Veréis lo que pasa si intentáis exigir que se os pida permiso a vosotros para hacerle una operación a ella. Smith ha hablado con miles de hombres sobre las injusticias que les han pasado. Pero veréis lo que pasa si le decís a vuestro grupo de la iglesia, o a vuestra asociación masculina, que los hombres blancos y de clase media son víctimas de injusticias. Podéis adivinar la respuesta. O bien no os creerán, por no haber leído el libro de Smith (¿por qué iban a leer un libro con el que podrían no estar de acuerdo, os suena de algo el New York Times?), o bien te dirán que el sufrimiento de los hombres blancos no es nada comparado con el que han sufrido [introduzca aquí su grupo de preferencia: mujeres, minorías raciales, etc.], y que te toca aguantarte.

Por suerte, Smith plantea una estrategia excelente para los hombres y les proporciona consejos específicos para tomar las riendas de su vida (capítulo 6, 141 y siguientes). Lee este libro: te darás cuenta de que el sistema judicial está diseñado para negarte tus derechos de manera rutinaria. Los hombres tienen responsabilidades; las mujeres tienen derechos. Los hombres en huelga son lo que Rollo Tomassi llama «pastilla roja». Asegúrate de no seguir con la «pastilla azul», pensando que no pasa nada.

Si estás casado o te vas a casar, las posibilidades de que «pase algo» son del 50%. Si te parece bien esa probabilidad, cásate sin un acuerdo prematrimonial; ten relaciones sexuales y no te quedes el preservativo (o ten relaciones sin protección, directamente). Tienes el 50% de posibilidades de pasar el resto de tu vida siguiendo instrucciones de una mujer que tiene la ley de su parte. Los hombres en huelga ya han recorrido la mitad del camino. Los que sigan los pasos descritos en el capítulo 6 conseguirán más de la vida que aquellos que abandonan.

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Warren Farrell, The Myth of Male Power: Why Men are the Disposable Sex [«El mito del poder masculino: por qué los hombres son el sexo desechable»]. New York: Simon & Schuster, 1993.

Un libro revolucionario que, 25 años después de su publicación, sigue siendo una lectura esencial para conocer los peligros y los daños del feminismo. Farrell es un optimista que piensa que si los hombres hablan, las mujeres los escucharán. ¡No creo que piense que su libro ha cambiado mucho!

El libro contiene muchos datos estadísticos, y se quiere realizar una nueva edición, para actualizar la deprimente información que aparece capítulo tras capítulo. El 90-100% de los trabajadores de los 25 peores trabajos son hombres; casi el 95% de los muertos en accidente laboral son hombres. Los hombres mueren antes que las mujeres en las 15 causas de muerte más frecuentes.

Hace hincapié en que las mujeres centran su indignación en los hombres blancos de más éxito, pero ignoran a los que tienen menos éxito. Se habla mucho sobre el techo de cristal, pero nunca sobre el sótano de cristal. Los hombres se sitúan en los extremos, en ambos casos: los más ricos y los más pobres. Las feministas afirman que todos los hombres son ganadores, y lo hacen para poder conservar su estatus de víctima. Las feministas descubrieron las ventajas del victimismo hace mucho tiempo; en parte fue por eso por lo que su movimiento se basó en el movimiento por la igualdad racial.

Farrell habla con pasión sobre la desechabilidad masculina, la forma que tiene la cultura de sobornar a sus hijos para que valoren sus vidas en menor grado, para que así se salven y mejoren las vidas de los demás. No me atrevo a confirmar algunas de sus afirmaciones (como que la palabra «héroe» provenga del griego ser-ow, que quiere decir «servir» (no lo he podido confirmar en el diccionario).

Farrell opina que las culturas quieren que los chicos valoren la intimidad menos que las chicas. La intimidad presenta obstáculos al espíritu de sacrificio. Si creces sin ella, como un niño espartano, no te importará morir por otros (cosa que sí te importaría si fueras querido, claro). Tiene una gran habilidad para hacer comparaciones y analogías: por ejemplo, los hombres solían cazar, salir y matar. Hoy en día su misión es «cazar» dinero. Para Farrell, las mujeres les dicen a los hombres: «Cuando te centras en el trabajo y en el éxito, yo obtengo más» (79). Así que, como hombre, asegúrate de que mides el éxito en base a lo que obtienes tú, no los demás.

Farrell sostiene que da igual lo mucho que las mujeres denuncien el patriarcado, porque este les da ventajas. La principal es que ayuda a los hombres a proteger a las mujeres. El patriarcado espera que los hombres «interpreten el papel de salvadores» (89). En su opinión, las mujeres acuden a la iglesia más que los hombres porque la iglesia protege a las mujeres, y no se puede ser más patriarcal que la iglesia (habla de las religiones cristianas).

La biología masculina es el destino masculino. Los hombres son queridos si matan y mueren para que otros puedan seguir disfrutando de la vida. Yo diría que esta afirmación se aplica también a los hombres que «cazan» dinero además de matar, los héroes económicos y empresariales cuyo trabajo es dar a su mujer y a sus hijos la mejor vida posible.

Su moraleja: los hombres tienen responsabilidades; las mujeres tienen derechos. Un libro cojonudo, lectura obligada para la masculinidad moderna.

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Tim Goldich, Loving Men, Respecting Women: The Future of Gender Politics [«Querer a los hombres, respetar a las mujeres: el futuro de las políticas de género»]. Chicago: Anima-Animus Publishing, 2011.

Un libro maravilloso, tremendamente ameno, con un estilo informal y una personalidad inconfundible. Goldich combina información estadística de varias fuentes con su historia personal, y ofrece una visión amplia y aguda sobre las tendencias nacionales en cuanto al género. Hace un gran trabajo mostrando cómo las noticias visibilizan los problemas de las mujeres e ignoran los de los hombres. Los salarios reales de las mujeres suben y los de los hombres bajan; las mujeres cabeza de familia valen un 41% más que los hombres (39). Si tiene que ver con la mujer, sale en los titulares; si no, ni pensarlo. Este libro se complementa muy bien con el de Farrell que acabamos de mencionar; Farrell llegó incluso a escribir el prólogo. Goldich ha prometido tres libros más sobre este tema, y la espera merecerá la pena. Admito que este libro a veces parece muy largo; si eres impaciente, te sugiero que consultes en el índice (que es muy bueno) una guía a las opiniones del autor sobre temas como la infancia y los niños. El índice es un mapa fiable hacia los tesoros que esconde este libro.

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Robert Moore y Douglas Gillette, King, Warrior, Magician, Lover: Rediscovering the Archetypes of the Mature Masculine [«Rey, guerrero, mago, amante: redescubrir los arquetipos maduros masculinos»]. New York: HarperCollins, 1990.

Los arquetipos están muy presentes en los estudios de la masculinidad, pero normalmente se tratan de la misma forma que en The Rational Male, dividiendo a los hombres en alfa y beta, y a veces más categorías (delta, por debajo del beta). Estas categorías son estereotipos, además de arquetipos; sólo son arquetipos cuando se usan de manera libre.

Moore y Gillette utilizan el arquetipo según las ideas jungianas del yo y sus cuatro componentes. Moore es el arquitecto de las cuatro categorías de la masculinidad que se describen en el libro, las cuales se ven como dos polos: rey/mago y amante/guerrero. Según el libro, todos los hombres mezclan estos arquetipos en su comportamiento diario: el rey es acogedor y poderoso; el mago utiliza las palabras y la apariencia para explicar los problemas; el amante se niega a ver los conflictos y los excusa; el guerrero está listo para luchar por sus creencias.

Lo mejor del libro es su forma de atacar el mito del patriarcado. «En nuestra opinión, el patriarcado no es la expresión de la masculinidad profunda y arraigada, ya que la masculinidad verdaderamente profunda y arraigada no es abusiva. El patriarcado es la expresión masculina inmadura. Es la expresión de la psicología del niño y, en parte, el lado sombrío o loco de la masculinidad. Expresa una masculinidad atrofiada, atascada en niveles inmaduros» (XVII). Añaden: «El hombre patriarcal no desea el desarrollo masculino completo de sus hijos ni sus subordinados, del mismo modo que no desea el desarrollo completo de sus hijas ni sus subordinadas». A los hombres patriarcales les aterra que otros avancen «en el camino hacia el completo desarrollo, masculino o femenino, del ser» (XVII).

Argumentan que, en nuestra cultura, los hombres no alcanzan la masculinidad madura porque no quedan rituales de iniciación. Sostienen que los rituales de iniciación modernos, como las bandas criminales, sirven para iniciar a los niños en una masculinidad «sesgada, atrofiada y falsa», y una «virilidad patriarcal abusiva hacia los demás» (5).

(ver Ritos de paso) Sobre el feminismo: «La crítica feminista, cuando no es inteligente, agranda las heridas de una masculinidad verdadera, que ya se ve asediada» (XVIII). Consideran que los hombres modernos están fragmentados, una visión que coincide con la de Seidler.

Buena lectura, aunque tal vez elabore demasiado los arquetipos como para mantener la atención. Es importante indicar que estos autores han escrito un libro sobre cada uno de los cuatro arquetipos, y tienen abundantes materiales (cintas, etc.) para estudiar sus opiniones.

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R. W. Connell, Masculinities [«Masculinidades»], 2ª ed. Berkeley: University of California Press, [1995] 2005. NOTA: Connell se cambió de género pero escribió la segunda edición del libro como hombre, así que aquí me refiero a él como hombre.

Este libro aborda la masculinidad desde la perspectiva sociológica. A Connell le interesan la masculinidad y el orden mundial, y encontrar un equilibrio entre los estudios específicos sobre masculinidad, que son cada vez más abundantes, y lo que considera el desarrollo de teorías coherentes que ayuden a representar las políticas mundiales de género, de las que la masculinidad forma parte.

El capítulo 1 establece tres campos en la «ciencia» de la masculinidad:
1) conocimiento clínico, adquirido por terapeutas y basado en Freud;
2) psicología social, que explora los «roles sexuales» y el desarrollo histórico de teorías de los roles sexuales;
3) una mezcla de historia, sociología y antropología (que considero, más o menos, un enfoque de «estudios culturales» de la masculinidad.

Como muchos feministas, mezcla la historia con la historia del hombre (28). Aunque admite que los escritos históricos versaban sobre «hombres ricos y famosos» (lo cual es un error), se enfrenta al argumento de que era necesaria una historia del hombre para equilibrar la creciente historia de la mujer, diciendo que «ya había una historia del hombre» (28), y que sólo carecía de la «idea de la masculinidad». Esto no es cierto. El error está en que Connell no se da cuenta de que la historia no sólo hablaba sobre «hombres ricos y famosos» (como si los hombres famosos fuesen siempre ricos, y los hombres ricos fuesen siempre famosos); el error también está en su ignorancia de la vasta literatura sobre cómo volverse hombre, presente desde el siglo XIX e incluso antes; y su rechazo a darse cuenta de que la masculinidad es tan plural y diversa como la feminidad.

El capítulo 2 se centra en el cuerpo. Argumenta que «los cuerpos no se pueden entender como medio neutral de la práctica social», porque «su materialidad es importante» (58). El capítulo 3 explora las definiciones de la masculinidad, comparando definiciones esencialistas (los hombres son activos; las mujeres son pasivas), positivistas (lo que los hombres son), normativas (lo que los hombres deberían ser) y semióticas (que considera limitadas al discurso; ya las ha criticado, p. 50). La conclusión del capítulo explora las clases de violencia que derivan de las jerarquías de género: beneficios materiales del patriarcado, formaciones reaccionarias («tendencias de crisis») dentro de las masculinidades, como resultado de las conquistas sociales y políticas de la mujer (83-84), y otras.

Puede que la masculinidad sea, como dice R. W. Connell en un comentario al trabajo de Victor J. Seidler (ver reseña en esta misma página), «un aspecto de los procesos y estructuras sociales a gran escala». Sin embargo, Connell dice que «la nueva sociología de la masculinidad» no depende de lo que Connell llama «modelos deterministas». Eso es porque ningún modelo representa a todos los hombres. No todos los hombres son iguales. En su lugar, el conocimiento etnográfico sobre los hombres modifica en gran medida e incluso invalida ideas esenciales del «rol masculino», un conjunto de ideas sobre los hombres que mucha gente todavía piensa que son «interiorizadas y reconstruidas pasivamente», y que se aplican a los hombres en general, en vez de estar modificadas por prácticas sociales que distinguen a un hombre de otro. El patriarcado es el conjunto de conjeturas sobre el dominio masculino y la sumisión femenina que mejor define «el rol sexual masculino». Pero ese rol no es una sola cosa. La masculinidad de base se crea de forma diferente a la masculinidad de oficina.

En resumen, en todos los capítulos hay buen material teórico, pero el libro está dedicado a la idea del hombre gay como víctima. Es evidente que Connell no estaba satisfecho con su propia masculinidad y la sometió al bisturí, y siempre defendió la causa feminista.

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Nathanson, Paul, y Katherine K. Young. Spreading Misandry: The Teaching of Contempt for Men in Popular Culture [«La difusión de la misandría: la enseñanza del desprecio al hombre en la cultura popular»]. Montreal: McGill-Queen’s University Press, 2001.

Nathanson, Paul, and Katherine K. Young. Legalizing Misandry: From Public Shame to Systematic Discrimination against Men [«La legalización de la misandría: del escarnio público a la discriminación sistemática contra el hombre»]. Montreal: McGill-Queen’s University Press, 2006.

Se trata de grandes libros, en todos los sentidos. Son las primeras dos partes de una trilogía que los autores están escribiendo acerca de cómo la misandría se ha convertido en parte aceptada de la cultura popular y del mundo legal. La misandría es «el odio hacia los hombres; el odio a los hombres en tanto que sexo». Nathanson y Young la llaman «el equivalente sexista de la misoginia» (Legalizing, p. x). Los autores reconocen dos formas de feminismo. La primera, la más familiar, se ha llamado «feminismo igualitario», y se ocupa del trato igualitario a hombres y mujeres, siendo la igualdad un «ideal noble» de la década de 1960 (y antes). Muchos hombres siguen pensando que en eso consiste el feminismo (podemos considerarlo un feminismo de pastilla azul). La segunda forma es la que los autores llaman «feminismo ideológico», que es dualista y antagónico, un «nosotros» contra «ellos». Se basa en un modelo de conflicto de clases (páginas xi-xii; yo lo considero un feminismo de pastilla roja). Es el feminismo confrontacional y progresivo que pretende eliminar el debate sobre los hombres y sus derechos. Nathanson y Young, pioneros en el análisis de los efectos del feminismo sobre los hombres, consideran que, digan lo que digan, algunos lectores los seguirán acusando de «atacar a todas las feministas, o incluso a todas las mujeres». Como dicen ellos, «los resultados acumulativos del feminismo ideológico» se han convertido en «creencias populares» (Legalizing, pp. xii-xiii). El volumen de 2006 contiene una respuesta notable a los críticos de su obra (pp. 329-39).

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Roy F. Baumeister
Is There Anything Good about Men?

R. W. Connell
Masculinities

Jack Donovan
Androphilia

Jack Donovan
The Way of Men

Warren Farrell
The Myth of Male Power

Tim Goldich
Loving Men, Respecting Women

Mark S. Micale
Hysterical Men

Robert Moore
King, Warrior, Magician, Lover

Nathanson, Paul,
& Katherine K. Young.
Spreading Misandry.

Nathanson, Paul,
& Katherine K. Young.
Legalizing Misandry.

Helen Smith
Men on Strike


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